El filósofo y el poeta

Tus palabras no morirán contigo, amigo. Qué lejos queda el tiempo en que nos sentábamos a la orilla del lago salpicados por las lágrimas de sus sauces, quizás sean esas mis nostalgias más preciadas. Gracias a ti he dibujado un camino nuevo que conduce si no a la sabiduría, sí al modo de encontrarla. Siempre situé a la filosofía por encima de tu arte cuando en realidad ambas se necesitaban como los amantes que se reúnen a la luz de las estrellas. Todo ha cambiado. Ahora me doy cuenta de lo mucho que me queda aún por aprender. Y muy a mi pesar, los hilos de plata recorren mi cabello y un opaco lienzo comienza a nublar mis retinas ya cansadas…

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Madrid 2020

Nadie piensa nunca que vaya a vivir para ver su ciudad vacía, no en altas horas, cuando todavía en la oscuridad puede aparecer de pronto un trasnochador anónimo preguntando la hora mientras el receptor se pregunta a su vez si ese individuo estará ebrio o drogado o ambas cosas, sino a plena luz del día, cuando los vecinos se encuentran por la calle y se detienen a charlar sin plantearse cuándo tendrá lugar su próximo encuentro face to face, esto es, cara a cara circulando entre ambos los alientos recíprocos que sin embargo no nos perturban, los aceptamos casi como un acto de confianza y familiaridad a veces forzadas.

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Doblando la esquina

 

Me resulta extraño pensar que sólo han pasado cuatro años desde aquello y que, en consecuencia, yo tenía veintidós. Me resulta extraño porque tengo la impresión de que han pasado muchos más y de que la niña que experimentó aquella sensación de congoja y ansiedad está muy lejos de la mujer que soy ahora. Es extraordinario pensar en cómo un acontecimiento a primera vista inofensivo e intrascendente puede marcar un antes y un después en nuestra vida o, quizás mejor, en nuestra percepción de la vida.

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Desvivir

 

Hay personas que nacen para vivir. Son una notable mayoría en comparación con las pocas que nacen para desvivir. Es un término que ella se permite utilizar para descifrar el sentido de su existencia, que desde niña se había visto caracterizado por un incesante ronroneo de inquietudes que en ocasiones perturbaban su normalidad para convertirla en algo extravagante a ojos de los vivientes.

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La clave

 

—Tienes que lidiar con eso —dijo él en respuesta a su inquietud. Pasó un largo minuto sin hablar, sumida en vagos pensamientos, por lo que intentó traerla de vuelta, como tantas veces hacía—. ¿Entiendes?

Lo entendía, pero se sentía sola. Ajena a todo lo que le rodeaba, a todo aquello que formaba un mundo del que no se sentía parte. Por qué, no lo sabía.

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El juego

 

Ella era como una nube de polvo que intenta atraparse y se escapa entre los dedos. Él, como un copo de nieve en medio de la lluvia. Caminaban descalzos en mares de pensamientos compartidos, cabizbajos, sin mediar palabra. Simplemente asumiendo la compañía necesaria y requerida, ausentes en sus mundos y presentes en sus sueños. O viceversa.

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El roedor

 

Ciertas noches inconciliables con el abrazo del sueño, embarga el silencio los rincones de mi pieza y me entrego dócil a la locura ofrecida por su apacible embotamiento.

La soledad, mi pródiga compañera, se sienta a mi lado y me susurra al oído que algún día tendré que dejarla. Amenazan las lágrimas con salir de mis ojos y respondo con un hilo de temblorosa y patética voz: “Nunca”.

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El sombrero

 

Hacía frío aquella noche.

Era un frío meditabundo que no se veía sometido a las violaciones del viento, al cual casi se le echaba en falta por la inquietud que provocaba el silencio reinante. Era una noche cualquiera de un día cualquiera en una calle cualquiera. Todas las persianas estaban bajadas y sólo el ligero sonido que provocaba al titilar una farola rompía la locura de semejante escenario. Ni siquiera hacían presencia los coches, tan tendentes a entrometerse en la calma mundana.

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