La luna roja

— La luna estaba roja aquella noche y, cuando la miré a los ojos, me di cuenta de que refulgían fuego, pero no por causa del astro: tenían luz propia.

— Y a pesar de todo lo que cuentas, las bellas palabras que pronuncias por ella, para ella… Nunca te he visto sufrir tanto como cuando compartíais la vida.

— Hijo mío… Eres muy joven para entenderlo. Yo sufría, sí. Pero sufría con amor. Ahora ella se ha ido y mi tristeza es otra, está apagada… No refleja ya la luz de la luna roja.

 

Roja
Fotografía: Ana Fernández Ortega.

 

El caballo de Troya

— Y entonces la diosa Atenea envió dos serpientes que devoraron a los hijos de Laocoonte. Él, al ver lo que ocurría, se lanzó presto a destruirlas, pero fue muerto también.

—¿Pero por qué la diosa quiso matar a Laocoonte y sus hijos? Él sólo quiso avisar a los troyanos de que el caballo podía ser una trampa.

—Porque Laocoonte intentó quemar el caballo lanzando maderos en llamas. Y no se puede destruir un regalo que se hace a una deidad.

—¿Aunque signifique la muerte?

—Aunque signifique la muerte.

 

Laocoonte (16)
Fotografía: Ana Fernández Ortega.