La verdad sobre el caso Harry Quebert

Siempre me he considerado bastante ecléctica como lectora. Creo que ya os he comentado en alguna ocasión que no hago desprecio a prácticamente ningún género y esto me lleva, en ciertas ocasiones, a entrar en bucle y permanecer por más tiempo sumida en lecturas pertenecientes a un mismo mundo literario. Precisamente eso es lo que me está ocurriendo ahora: mi ánimo lector me pide a gritos novelas de misterio.

Esa es la razón por la que, a pesar de que me gusta incluir variedad en mis reseñas, de nuevo os traigo una que gira en torno a un misterioso asesinato que nuestros protagonistas se empeñarán en resolver durante, literalmente, sus 791 páginas. Digo literalmente, porque el enigma al completo no quedará resuelto hasta el mismo final, lo que ya de por sí es algo digno de destacar. Pero dejadme que empiece por el principio.

El 30 de agosto de 1975 tuvo lugar en Aurora –una pequeña ciudad de New Hampshire–la desaparición de una joven de quince años, Nola Kellergan. El caso quedó cerrado hasta que en 2008, los restos de su cuerpo son encontrados, fortuitamente, en el jardín del famoso y aclamado escritor Harry Quebert. Su alumno, Marcus Goldman, convencido de que Quebert es inocente, se sumerge en una profunda investigación con el fin de escribir un nuevo libro que le ayude a limpiar el nombre de su amado maestro.

En líneas generales, me parece un buen resumen. Lo bueno de los resúmenes, queridos lectores, es que nos permiten tener una idea general de nuestra próxima lectura. No obstante, siempre tendrán la gran desventaja de no dejarnos ver más allá de las generalizaciones, de no permitirnos entrever si lo que hay entre líneas merece la pena ser leído o no. En este caso, sin duda, la merece.

Esta novela de misterio logra combinar, con extraordinaria destreza, la resolución de un caso ocurrido hace treinta y tres años con el mundo personal del escritor, que en el caso que nos ocupa se ve representado por el ya maduro Quebert y su joven pupilo, Goldman. Desde el principio nos vemos asistir a un total de treinta y un consejos que el maestro ofrece al joven para que éste aprenda no sólo a ser escritor, sino a vivir; estos consejos marcarán el inicio de cada capítulo y son, los que sin duda, nos permiten extraer pequeñas perlas literarias:

“Si los escritores son seres tan frágiles, Marcus, es porque pueden conocer dos clases de dolor afectivo, es decir, el doble que los seres humanos normales: las penas del amor y las penas del libro. Escribir un libro es como amar a alguien: puede ser muy doloroso[1]”.

Fantástico.

Dicker no tiene ninguna prisa en desentrañar el misterio; no tiene prisa en escribir su obra. Prefiere dejar hacer a sus personajes, permitirles que se vayan sumiendo, muy progresiva y lentamente, en un mundo abarrotado de nuevas pistas e indicios que irán forjando una trama que, si bien al principio es más bien sencilla, se va haciendo más compleja a medida que avanza.

Una de las cosas que pueden resultarnos más interesantes, es que podemos ver el reflejo del propio Dicker en el protagonista de su obra: Marcus Goldman. Todo el libro se construye a partir de esos treinta y un consejos que el maestro ha ofrecido al alumno a lo largo de los años y, sin los cuales, probablemente el segundo no podría haber escrito su obra. Podemos entenderlo como una doble dimensión: la del libro de Dicker y la del libro dentro del libro, es decir, el escrito por Goldman. Éste es un recurso literario muy utilizado a lo largo de la historia, pero que tiene doble filo, pues al mismo tiempo que con él se puede crear una historia apasionante y bien hilvanada, puede echarlo todo a perder por la dificultad que entraña esa misma armonía. Tras leer la obra, puedo decir sin reparos que Dicker no riza demasiado el rizo en lo que se refiere a transmitirnos esta sensación, la del escritor que explica cómo un escritor da forma a su obra a partir de una concienciada investigación.

Como habréis podido adivinar ya, la originalidad de esta novela de misterio radica en la consonancia y relación existente entre lo que ocurre en esa pequeña ciudad de Aurora y la creación literaria de sus dos protagonistas, que es de vital importancia para poder ir comprendiendo, a lo largo de sus páginas, los acontecimientos que se suceden.

También me ha resultado destacable el cómo Dicker nos ofrece una visión básica sobre el mundo editorial que, si bien no está representado –ni mucho menos– en toda su complejidad, sí aparece abocetado  de modo que los lectores podamos dirigir una breve mirada a un espacio que, por lo general, nos está vedado.

La variedad de personajes es la adecuada: el autor nos ofrece la imagen de toda una serie de personajes pintorescos con los que nos familiarizaremos rápidamente sin hacernos demasiados líos, renunciando con ello a una obra colmada de demasiados nombres que podrían complicar mucho el seguimiento de la trama. Como ocurre siempre, nos encariñaremos más con algunos y dejaremos a otros en nuestra sala de los sospechosos: ese es un ejercicio muy grato en la labor del lector de misterio.

Me ha gustado mucho cómo Dicker ha desarrollado las personalidades de Gahalowood –el policía que ayudará al joven Goldman en su investigación– y el propio Harry Quebert –hacia quien me resulta imposible no sentir cierta afinidad por su labor como escritor–. Menos me ha convencido el modo en que ha desarrollado el personaje de Nola Kellergan, pues incluso teniendo en cuenta que al final podamos entender mejor ciertas cosas, me resulta un personaje de vital importancia y que, bajo mi punto de vista, no hace justicia al papel que desempeña.

Hay dos asuntos que me han resultado más criticables. El primero de ellos tiene que ver con la historia de amor que existió entre la joven desaparecida –Nola Kellergan– y Harry Quebert[2], quien será acusado de su asesinato treinta y tres años después por ser encontrados los restos de la adolescente en su jardín.

No me parece que el romance haya sido retratado de modo realista; más bien, en los pasajes del libro en los que nos vamos encontrando pinceladas sobre esta historia, nos sentimos ciertamente incómodos por el cambio de tonalidad y tratamiento que se produce en la obra y que, a mi parecer, puede ser apreciado por todos. Es como si nos topásemos de repente con párrafos escritos por una de las hermanas Brontë[3], aunque sin estar hablando de esa calidad literaria: sencillamente, está fuera de lugar. En mi opinión, creo que este romance podría haber tenido más solidez, siendo mejor perfilado y menos abocetado[4].

El segundo aspecto tiene que ver con el desenlace de la obra, por lo que procuraré analizarlo con cuidado para no desvelar nada importante:

«Cuando llegue al final del libro, Marcus, ofrezca a sus lectores un giro argumental de último minuto.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Porque hay que tener al lector en vilo hasta el último momento. Es como cuando juega a las cartas: debe guardar algunos triunfos para el final[5]

Este consejo, el número cuatro –que encontramos ya hacia el final de la novela, ya que los treinta y un consejos se nos van desvelando en orden inverso–, me parece bastante adecuado para explicaros mi contrariedad. Parece que el propio Dicker se toma el consejo demasiado en serio, pues en lugar de dar un giro argumental, da unos cuantos (no os especifico el número exacto porque de ese modo sí me arriesgo a desvelaros algo importante). Todo el que haya leído novelas de misterio, coincidirá conmigo en que resulta maravilloso ese momento en que todo lo que habíamos creído o dado por cierto y prácticamente innegable se desmorona ante nuestros ojos y comenzamos a ver con ojos nuevos o, si lo preferís, con otra mirada. Este ejercicio terminará por agotarnos en la obra de Dicker y ése es un fallo que me resulta bastante lamentable porque el desenlace en sí no es del todo descabellado, pero cuando llegamos a él, nos sentimos exhaustos y confusos y ya nos da un poco igual –entended esta expresión– saber quién es el culpable: lo único que queremos a esas alturas es que nos expliquen qué ocurrió.

Por favor, no dejéis que este defecto que yo le veo a la obra os impida leerla, pues sin duda ocupa un lugar en mis lecturas recomendadas y no supone un desmoronamiento completo de una historia que, por lo demás, logra dejarnos pegados a sus páginas. Además, como sabéis esto trata de visiones personales que pueden ser muy ajenas a lo que vosotros podáis percibir.

La verdad sobre el caso Harry Quebert me ha resultado una obra deliciosa en muchos sentidos pero, sobre todo, especialmente entretenida. Una obra muy apropiada para llenar esos espacios vacíos en los que no encontramos un modo de distraer nuestra mente de todo aquello que nos preocupa.

81oOfSV13iL
Joël Dicker, La verdad sobre el caso Harry Quebert, Debolsillo, 2018.

NOTAS:

[1] Joël Dicker, La verdad sobre el caso Harry Quebert, Debolsillo, 2018, p. 155.

[2] Con esto no os desvelo nada, pues en cualquier sinopsis que podáis leer, éste será un dato que constará por ser esencial para daros una cierta noción de la obra.

[3] Digamos, más bien, por Charlotte.

[4] Partamos del hecho de que la joven Nola tiene quince años y Quebert, treinta y cuatro. Necesariamente, una historia de amor entre un hombre maduro y una adolescente debe ser tratada con extremo rigor, desarrollando una personalidad muy específica en la joven que nos lleve a creer, como lectores, que pueda llevar a un hombre maduro a enamorarse de ella. Como es de prever, Dicker intenta resolver este problema con el enamoramiento “a primera vista” e imposible de explicar con palabras, pero con ello termina dibujando una historia de amor muy insípida para mi gusto.

[5] Op.cit., p. 679.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s