El filósofo y el poeta

Tus palabras no morirán contigo, amigo. Qué lejos queda el tiempo en que nos sentábamos a la orilla del lago salpicados por las lágrimas de sus sauces, quizás sean esas mis nostalgias más preciadas. Gracias a ti he dibujado un camino nuevo que conduce si no a la sabiduría, sí al modo de encontrarla. Siempre situé a la filosofía por encima de tu arte cuando en realidad ambas se necesitaban como los amantes que se reúnen a la luz de las estrellas. Todo ha cambiado. Ahora me doy cuenta de lo mucho que me queda aún por aprender. Y muy a mi pesar, los hilos de plata recorren mi cabello y un opaco lienzo comienza a nublar mis retinas ya cansadas…

Era una mañana de octubre como cualquier otra; un frío inusual en aquella época del año penetraba en mis hastiados huesos, mientras mi cuerpo le echaba un pulso a las ráfagas de aire que parecían querer impedirme llegar al aula. Impartía clases de filosofía en la escuela más ilustre de la ciudad y últimamente me sentía contagiado por el entusiasmo de un alumno que, según mi instinto, llegaría muy lejos gracias a su indiscutible don para la retórica.

Fue de camino a la escuela cuando presencié un acontecimiento que, contra todo pronóstico, cambiaría el curso de mi pensamiento. Otro de mis alumnos, conocido por todos como el Poeta, aporreaba con furia una ventana cerrada mientras gritaba el nombre de una mujer. Iba a proseguir mi camino cuando oí que los postigos se abrían y de la ventana asomaba el rostro de una hermosa joven; su cabello castaño, recogido a la altura de la nuca con una diadema de trenzas, enmarcaba un rostro redondeado de tez pálida y pecosa; tenía unos grandes ojos verdes, nariz discreta y unos labios bien perfilados en los que se dibujaba una mueca que en aquel momento no supe bien cómo interpretar. Algunos de los puestos del mercado estaban ya abiertos, por lo que tuve la oportunidad de fingir que curioseaba mientras contemplaba la escena que me dispongo a relatar a continuación.

— ¿Por qué me haces esto Cara? —preguntó en un lamento de ansiedad el Poeta—. Llevo tres noches sin poder dormir. Tu rostro se me aparece allá donde se depositan mis ojos, tu voz suena en todos los rincones de mi alcoba y ni las flores silvestres pueden ocultar la fragancia de la piel que por ventura o por desgracia he recorrido con mis dedos.

—Baja la voz… Te van a oír los vecinos —suplicó la joven en voz tan baja que apenas sí pude entender lo que decía—. Por favor, déjalo ya. Cada visita tuya me hace caer enferma durante varios días; sólo tu recuerdo me provoca inquietos sueños en los que pierdo el amor que me profesas y es lo único que todavía me permiten conservar.

He de confesar que las lágrimas que comenzaron en ese momento a recorrer el rostro de la joven Cara me conmocionaron enormemente. Nunca antes vi rostro tan puro corrompido de tal modo por el dolor. Decidí en ese momento retomar mi camino a la escuela; mientras me alejaba, sólo alcancé a oír un puñado de palabras en boca del Poeta.

— …. a la orilla del lago, bajo los sauces llorones, al atardecer. Si no apareces, te esperaré de nuevo mañana, y así cada día…

Durante los pocos pasos que me separaban de la escuela tuve ocasión de reflexionar sobre lo que acababa de ver. El amor de la juventud, tan efímero, tan mágico al mismo tiempo… Pero mayor sorpresa me causaba el hecho de que fuese el Poeta el depositario de tan sublime sentimiento: a pesar de su sobrenombre, todo el que le conocía coincidía en afirmar que era un joven huraño, desencantado con la vida y su naturaleza; era precisamente su carácter introspectivo lo que le llevaba a pasar el día entero escribiendo. Hubo en corto período, haría unos dos años, en los que a pesar de su juventud el chico alcanzó cierta fama con sus obras; pero poco después su renombre se disipó como el humo al subir al cielo.

El Poeta no apareció en el aula aquel día. Por su parte, el prometedor alumno destacado en retórica logró conmover a todos sus compañeros con un discurso que versaba sobre estética, si bien a mí no me convencieron del todo sus argumentos.

—Dices que la belleza ha de ser en sí misma hermosa —apunté—, pero ¿qué ocurre entonces con aquellas cosas feas que contienen belleza, como un parto?

—Maestro, un parto no es hermoso a la vista de los hombres, que no hemos sido creados con la idea de apreciar semejante proceso —respondió con seguridad el joven—. Sin embargo, una mujer sí puede apreciar la belleza en las vísceras y la sangre, pues de lo contrario su existencia sería contra natura.

—Pero, en tal caso, estás sugiriendo una escisión en el concepto de belleza atendiendo al género de aquel que lo percibe —contraataqué—. ¿Acaso no atenta esa idea contra  nuestra búsqueda de un concepto universal de belleza?

El joven tardó unos segundos más de lo debido en responder, por lo que aproveché para plantear otro problema.

—Y, en caso de que efectivamente fuese aceptable la separación entre hombres y mujeres a la hora de definir el concepto de belleza, ¿quién tendría la razón?

—La definición dibujada por los hombres sería la definición legítima —se apresuró a contestar el alumno—, pues son los hombres los que la persiguen con ahínco y esfuerzo.

Cuando regresé a mi hogar, me sentía cansado. No se trataba tanto de un cansancio físico como intelectual: el estudiante en el que tanta esperanza había depositado parecía corrompido por ideas incompletas y ambiguas y no parecía muy dispuesto a renunciar a ellas con facilidad. Además, la escena que había contemplado aquella mañana no se me quitaba de la cabeza. Entonces recordé las últimas palabras que escuché de boca del Poeta: «a la orilla del lago, bajo los sauces llorones, al atardecer…».

***

Permanecí sentado a la orilla del lago mientras el atardecer se apagaba ante mis ojos y, con él, mis esperanzas de volver a verla.  Sin embargo, pasado un rato, me sentí observado y mi ánimo saltó en mi corazón pensando que pudiese tratarse de la mujer que amaba. La voz que resonó en el paisaje me hizo dar un respingo.

—El amor es una emoción peligrosa, joven —recitó el Filósofo mientras se acercaba al lugar en el que me encontraba—. No sabemos muy bien cómo o por qué nace, cómo o bajo qué condiciones se conserva o cómo o por qué desaparece.

—El amor debe ser un libro abierto si usted puede tener tan amplia idea de lo que estoy haciendo aquí, maestro— respondí con ironía.

Para mi sorpresa, el Filósofo rompió en una carcajada.

 —Soy casi un anciano y, por tanto, gozo de ciertos privilegios, como el de enterarme de los sufrimientos que acechan a mis alumnos —respondió con una enigmática sonrisa—. Hoy no has aparecido por clase.

No contesté. Me limité a observarle con el ceño fruncido, preguntándome cómo mi maestro podía haberse enterado de los sentimientos que afligían mi alma. Acudí a mis recuerdos en busca de alguna conversación que hubiésemos mantenido previamente pero, aparte de un par de ocasiones en las que me preguntó mi opinión sobre alguna cuestión ética durante la clase, no recordé ninguna.

El Filósofo –así era conocido en nuestra pequeña ciudad– era un anciano cuya sabiduría precedía a su nombre. Los años no habían tenido piedad con él y, ahora, una inminente cojera parecía anunciar el principio de la imparable caída. La calvicie iba ganando la batalla en su cabeza y su larga barba, antaño oscura, parecía salpicada de nieve. Pero a pesar de su aparente fragilidad, su fortaleza moral era por todos de sobra conocida.

—Dime algo, joven —pidió el anciano con ambas manos apoyadas en un bastón y señalando con un dedo unas hermosas flores que crecían en la linde del bosque—. ¿Te parecen hermosas?

Me quedé mirando las flores que el maestro señalaba con un dedo artrítico. Una suave brisa las mecía, extendiendo su fragancia hasta nosotros.

—Sí —respondí simplemente.

—Son dedaleras —el Filósofo se acercó a una de ellas y acarició uno de sus racimos—. Una de las flores más hermosas y también, una de las más venenosas. Sus hojas pueden provocar arritmias e incluso la muerte si se consumen en ciertas cantidades.

Volví a mirar las flores. Parecían tan inofensivas, tan gratas a la vista y el olfato… Apenas podía creer que estuviesen impregnadas de un veneno mortal.

—El amor —prosiguió el anciano— es parecido a estas flores. Es hermoso. Todos queremos perdernos en su imagen y su fragancia… pero, al mismo tiempo, contiene un veneno que no vemos y que puede acabar con nosotros.

Como si se tratase del final del último acto, el Filósofo se marchó por donde había venido.

***

Durante los días que siguieron a mi intencionado encuentro con el joven, tuve ocasión de completar la historia de su desdicha. En las pequeñas ciudades, el boca a boca no perdona a nadie y las desgracias de los ciudadanos, pronto se convierten en comidillas públicas. Así, me enteré de que mi alumno y la joven Cara llevaban alrededor de dos años haciéndose promesas, robándose besos por los rincones y conquistando el sueño de una vida juntos; pero un matrimonio de conveniencia negociado por el padre de la joven recientemente, había significado el fin para ambos. Ella se debía a su padre, un viudo de corazón amable aunque de carácter un tanto hosco, y, según parecía, estaba dispuesta a sacrificar el amor que profesaba al Poeta con tal de contentar a su progenitor.

Me pareció una historia como cualquier otra, una historia común que se repite en todas las ciudades y en todos los tiempos y para la que, por lo general, no existe solución que contente a todos. No obstante, mis ideas cansadas trajinaron hasta llevarme a pensar que podía existir una relación entre la obra del joven Poeta y esa historia, por lo que durante los días sucesivos decidí encomendarme a la lectura de sus poesías. Lo que descubrí hizo crecer mi intriga sobre aquel joven del que, hacía poco más de una semana, apenas sabía nada.

Como dije al principio, hace unos dos años, la obra del joven gozó de gran fama. Después, su poesía decreció en intensidad y calidad. Haciendo unas pesquisas, pude saber que el inicio de su fama coincidió con el prematuro fallecimiento de su hermana pequeña, que murió de unas fiebres con tan sólo diez años. Al parecer, estaba muy unido a ella.

***

Cumpliendo mi promesa a Cara, seguí acudiendo a la orilla del lago cada atardecer. El maestro no volvió a hacer acto de presencia en los siguientes días, algo que agradecí enormemente. Permanecer allí era el único modo que tenía de demostrarme que existe la esperanza y la presencia del Filósofo me distraía de esos sentimientos. Lo que sí hice fue llevar conmigo papel y grafito, pues en aquel momento, lo único que daba sentido a mi vida era escribir.

***

Pasados unos días, me acerqué una mañana al lago para contemplar aquel lugar desde otra luz. Como era de esperar, mi alumno no se encontraba allí a esa hora. Una vez más, acaricié las dedaleras sin que hubiese en esta ocasión ningún testigo. Mi mente vagó en por los rincones de mi memoria y un nombre acudió tímido a mis labios: Helena… Hacía tanto tiempo que no le dedicaba un pensamiento a ese amor que pudo ser y no permití que fuese… Bajé la mirada envuelto por un dolor olvidado y mis ojos se toparon en su camino con un ajado y arrugado papel que ondeaba bajo la suave brisa otoñal. Lo estiré y comencé a leer.

***

Casi había pasado un mes y no había vuelto a tener noticias de Cara. Su inminente matrimonio con el rico mercader se aproximaba cada vez más y con su cercanía se iban apagando lentamente mis esperanzas de volver a verla. Recordé los poemas que nunca escribí, pero que recité en tantas ocasiones ante sus maravillados ojos… En ese mar de nostalgia me encontró sumido el Filósofo.

—Hoy he venido para devolverte algo que encontré esta mañana —dijo el anciano mientras se acercaba cojeando y extendía con su mano un papel arrugado—. O mucho me equivoco, o estos versos te pertenecen.

Cuando vi de qué se trataba, recordé el momento en que el día anterior se apoderó de mí una furia tal que estrujé con fuerza el papel en el que había escrito y lo arrojé al agua (o al menos, eso me había parecido).

—Gracias —acerté a decir.

—Hace años que no tengo el gusto de leer versos tan hermosos y desgarradores —dijo el maestro con el ceño fruncido.

—Hay belleza en el dolor —respondí.

Fue un sonido casi gutural lo que salió de la boca de mi maestro. Le observé de reojo, intrigado. Sus labios se habían convertido en una fina línea tan apretados los tenía y sus ojos, entrecerrados, se perdían en una mirada vacía y profunda. Pasaron varios minutos antes de que interviniese de nuevo.

—¿Estás sugiriendo que la tristeza es algo bello? —preguntó con voz pausada.

—Sé de primera mano que, por muy dolorosa y terrible que sea, la tristeza es una de las emociones más bellas que podemos sentir los seres humanos—respondí convencido, aunque sin demasiada pasión—. De lo contrario, nadie me llamaría el Poeta, pues es en los momentos en los que mi corazón sufre cuando logro crear algo realmente hermoso.

***

Cuando la compañía se convierte en una costumbre no dudamos en rechazar la soledad que nos asola. Así me ocurrió a mí. Cada día, al atardecer, acudía a la orilla del lago y acompañaba en su silencio a mi desdichado alumno. Al menos, así lo hice los primeros días, durante los cuales nos limitamos a contemplar la caída del sol sin que las palabras rompiesen el hechizo de aquel momento. Pero un buen día, el joven –que por alguna razón parecía más inquieto– dijo en un susurro:

 —La justicia no puede existir sin amor.

No respondí de inmediato, sino que me limité a reflexionar. Inevitablemente, recordé a Helena… mi amada Helena. Hacía tantos años que aquel amor llegó a su fin… Y sin embargo yo mismo aleccionaba a mis pupilos sobre justicia sin que me temblase la voz.

—El amor es un fuego que puede apagarse, pero la justicia no se apaga con él —razoné.

—El amor es un fuego que puede apagarse, pero sus cenizas esterilizan la tierra. Eso no es justicia —sentenció el Poeta.

***

Quedaban pocos días para que la mujer a la que siempre había amado contrajese matrimonio. A esas alturas, ya ni la poesía lograba darle un sentido a mi vida. Llamaba a la ventana de su alcoba cada día tras aquel último encuentro, pero nunca se abría. Merodeaba cerca de su casa a distintas horas con la esperanza de verla, aunque fuese durante un instante. Todo fue en vano.

***

El día de la boda amaneció soleado. Cuando abrí los ojos, a mi mente acudió la imagen del Poeta y me pregunté si no cometería alguna estupidez, como presentarse en mitad de la ceremonia gritando el nombre de Cara. En las últimas semanas, el joven se había consumido notablemente. Dos amplias ojeras recorrían la zona inferior de sus ojos y llevaba el cabello y la barba desaliñados. Hacía días que me preguntaba cuánto tiempo seguiría acudiendo a nuestras forzadas reuniones, las cuales habían terminado por convertirse en auténticas lecciones recíprocas entre alumno y maestro. Era posible que aquel fatídico día, celebrásemos nuestra última reunión: para el atardecer, la joven estaría ya casada.

Poco tiempo atrás, decidí transcribir los diálogos que mantenía con mi alumno, pues me parecían realmente fructíferos e incluso susceptibles de ser publicados. Así comencé la mañana del domingo: transcribiendo nuestras reflexiones del día anterior. Aunque el título era provisional, cuanto más lo leía más apropiado me resultaba: Diálogos entre un filósofo y un poeta. El trino de un pájaro me distrajo un instante de mi labor y me quedé contemplándolo mientras a mi memoria acudían las últimas reflexiones que compartí con el joven.

—Dices que para sufrir, es imprescindible amar —comenté al joven—. Pero pongamos ejemplos prácticos. El violador, que sufre momentos antes de ser ejecutado, ¿sufre por amor a su víctima?

—El violador sufre por dos tipos de amor —apuntó el Poeta—. El amor por su víctima, que es un amor nacido de la locura, y el amor por sí mismo. Poco importa el ejemplo que quiera poner: aunque no medie una segunda persona, siempre existirá el amor por uno mismo.

—¿Y qué me dices de quien se suicida y no lo hace movido por amor? —planteé.

—Nadie se quita la vida a sí mismo si no es por amor —razonó el muchacho con el ceño fruncido—. Puede tratarse de amor por una persona, por el dinero,  por la atención de los demás… Pero todo se reduce a lo mismo.

—¿Y una persona que se suicida o comete asesinato simplemente por padecer una enfermedad mental que le lleva a hacerlo sin ser plenamente consciente de lo que hace? —pregunté con un ligero aire de triunfo.

—No hay locura sin amor —se limitó a responder el Poeta.

El día transcurrió deprisa y yo pude avanzar con la obra lo suficiente para salir a dar un paseo antes de acudir a mi ya acostumbrada reunión. Me dirigí al mercado con ánimo de buscar papel y grafito de calidad y hacerle un regalo al chico, que en aquel momento vivía el que sería, probablemente, el peor momento de su vida. En lugar de papel, terminé comprando un hermoso cuaderno con las cubiertas de cuero que, aunque se salía bastante de mi presupuesto, conseguí a un precio justo.

Pertrechado con el cuaderno y el grafito, me dirigí de camino al lago dando un rodeo por el centro de la ciudad para no llegar demasiado pronto. Fue así como me topé con la celebración de la boda de la joven Cara. Estaba realmente hermosa, ataviada con un vestido de gasa color marfil, cuello redondeado y mangas largas y ceñidas, dibujadas con un bello encaje. Una vez más, llevaba el cabello trenzado, aunque en un recogido más trabajoso y artificial que, sin embargo, le favorecía enormemente. Pero la más pura belleza la encontré en sus ojos tristes.

Aquella imagen me hizo pensar en el Poeta, por lo que apremié mis torpes pasos y me dirigí a la orilla del lago. Al acercarme al lugar, no vi a nadie. Mi alumno no estaba sentado en la roca que hacía de su asiento habitual y sólo las lágrimas de los sauces y su suave balanceo rompían el silencio del paisaje. Extrañado, me acerqué a la orilla y miré a uno y otro lado. Fue entonces cuando me encontré al Poeta tendido en el suelo, en la linde del bosque.

El joven estaba tendido de cara al cielo y las flores de las dedaleras acariciaban su rostro y su cuerpo casi con dulzura. Fue entonces cuando me di cuenta de que ninguna de las plantas tenía hojas. Solté el bastón, el cuaderno y el grafito y caí a su lado, buscándole el pulso desesperadamente. No lo encontré.

***

Nada importaba. Ni su nuevo esposo, ni su padre ni la ciudad. Había intentado engañar a su corazón en vano con tal de contentar a todos excepto a ella misma. Sería la última vez que se traicionase de tal forma. Cuando llegó al sendero, tropezó con el vestido de novia y estuvo a punto de caer por la ligera pendiente, pero se agarró a una rama y mantuvo el equilibrio. Llegó a la orilla del lago –apenas asomaban ya los últimos rayos del sol– y comenzó a gritar su nombre entre sollozos nacidos de la felicidad y la tristeza a partes iguales. En la linde del bosque, distinguió la figura de un anciano que permanecía de espaldas a ella y parecía contemplar algo que tenía ante sí. La joven se acercó y el viejo, oyendo sus pasos, se dio la vuelta. Sus ojos se encontraron. Las lágrimas corrieron.

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Jacques-Louis David, La muerte de Sócrates, 1787.

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