La tabla de Flandes

Hoy os traigo la reseña de una novela de uno de nuestros escritores más renombrados y de sobra conocido: Arturo Pérez Reverte. Aunque previamente había leído multitud de artículos de este autor, su obra novelística se hallaba esperándome en mi estantería de los “próximamente”. No fue casualidad que eligiese ésta como la primera novela del autor que tendría el gusto de leer: como historiadora del arte, la sinopsis me deshizo en ganas de conocer la historia que nos ofrece.

Una joven restauradora de arte se encuentra durante su trabajo en una obra flamenca un enigma oculto tras capas de pintura y tiempo que la lleva, acompañada por su mejor amigo y un estrafalario jugador de ajedrez, a desentrañar el misterio de un asesinato que tuvo lugar a finales del siglo XV. Poco a poco, los protagonistas irán encontrando una serie de pistas a través de la partida de ajedrez que aparece representada en la pintura, para lo cual resultará imprescindible el papel ejercido por el excéntrico jugador de ajedrez, Muñoz.

Partamos del hecho de que estamos hablando de una novela de misterio, un género en el que suelo ser bastante exigente por lo difícil que resulta crear una trama adecuadamente hilvanada en la que no queden cabos sueltos. Desde las primeras páginas, Pérez-Reverte logra absorber al lector, haciendo nacer en él el deseo de continuar leyendo: esto es algo que me resulta imprescindible en una novela de este género.

Al principio, os encontraréis con pasajes en los que el autor despliega un lenguaje ciertamente técnico relacionado con el oficio de la restauración y eso es algo con lo que no necesariamente el público deba estar familiarizado; no obstante, Pérez-Reverte no se excede, sino que simplemente desarrolla una serie de descripciones sin las que –en mi opinión– la dificultad implícita en la labor restauradora no quedaría justamente representada.

Quizás incluso más complejo pueda resultar el pleno entendimiento de las jugadas ajedrecísticas que el autor, con extraordinaria destreza, desarrolla a lo largo de la trama: como veréis, el texto aparece acompañado por dibujos en los que podemos contemplar los movimientos que van haciendo los personajes para desentrañar el misterio. Personalmente, tengo nociones muy básicas de ajedrez y es cierto que en algunos pasajes me ha resultado más costoso comprender las jugadas; sin embargo, los dibujos me han parecido no sólo un auténtico acierto, sino del todo imprescindibles:

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Posición de las piezas según aparecen en la pintura “La tabla de Flandes” del pintor flamenco Peeter van Huys[1]

La pormenorizada descripción que Pérez-Reverte hace de la pintura me parece exquisita. Aunque pueda parecer lo contrario, realizar una descripción adecuada de una obra de arte es un trabajo arduo que incluso nos puede llegar a resultar costoso a aquéllos que estamos familiarizados con el lenguaje artístico. En este sentido, el autor nos muestra –una vez más– una riqueza literaria envidiable:

“Uno de los jugadores, el de la izquierda, aparentaba unos treinta y cinco años. Tenía el pelo castaño tonsurado a la altura de las orejas, al modo medieval, la nariz fuerte y aguileña, y una grave concentración en el semblante. Vestía una túnica ajubonada, cuyo rojo bermellón había resistido admirablemente el paso del tiempo y la oxidación del barniz”[2].

El argumento se complica en el momento en que nos damos cuenta de que la partida de ajedrez representada en la pintura no es la única que se está jugando: las mismas situaciones que viven los protagonistas son en sí otra partida más. En este sentido, estamos hablando de “una partida dentro de la partida”, es decir, de una multiplicidad de escenarios; como escritora, puedo afirmar con rotundidad que éste es un elemento realmente difícil de trabajar literariamente (no tanto de forma visual), pero podéis estar seguros de que Pérez-Reverte logra explicar la complejidad a través de la simpleza o, mejor, a través de un lenguaje literario tan cuidado, que cuesta no seguir en detalle los acontecimientos que se suceden a pesar de su naturaleza un tanto enredada.

En realidad, no estoy siendo demasiado sincera. Os estoy hablando, únicamente, de dos jugadas o niveles. Si os decidís a leer la obra, os daréis cuenta de que hay algunos más. Sin embargo, no se me ocurre una manera de reseñar esto sin desvelaros algunos datos que debéis descubrir por vosotros mismos. Es precisamente esto lo que convierte la novela en un auténtico juego desarrollado en diferentes dimensiones o escenarios temporales.

En cuanto a los personajes, el autor despliega entre ellos una amplia gama de psicologías que retratan muy bien lo diferentes que son sus personalidades. Inevitablemente, me encariñé desde el principio con la excentricidad y ternura que transmite Muñoz, siendo en mi opinión el personaje más meritorio de la historia, aunque por supuesto en esta cuestión pueden caber muchas otras opiniones.

Pérez-Reverte consigue que los lectores sigamos el desarrollo de los acontecimientos minuciosamente, si bien hay escasos momentos en los que da un salto literario al siglo XV y los que, en mi opinión, podrían ser abordados de otro modo o incluso sutilmente anunciados, pues pueden generar cierta confusión inicial. A pesar de esto, esas escenas nos ponen en contacto con los enigmáticos personajes de la pintura, lo que es de agradecer teniendo en cuenta que la obra en sí es el elemento en torno al cual gira la trama.

Como historiadora del arte, me ha gustado especialmente el modo en el que el autor aborda cuestiones relacionadas con el mercado del arte, que está lleno de trampas y, por qué no, de trampantojos. Evidentemente, esto lo resuelve a través de las profesiones de distintos personajes, como podrían ser la propia Julia (restauradora), Menchu (galerista), Álvaro (historiador) o César (anticuario).

En cuanto al desenlace, debo confesar que me turbó un poco, especialmente por dos cosas. La primera, la escasa credibilidad que le encontré (por favor, perdonad si soy un poco ambigua explicándome en este párrafo, pero lo último que querría sería desvelaros algo importante). Creo que cuando una novela de misterio llega a su final, éste debe tener credibilidad y, al mismo tiempo, causar impacto. Sin embargo, en el desenlace de esta historia me he encontrado una credibilidad casi nula y un impacto bastante somero. En mi opinión, le falta credibilidad por la escasa verosimilitud que encontramos entre el personaje misterioso y las acciones que lleva acabo; en cuando al impacto, el problema con el que me he encontrado es que el autor tarda demasiado en darnos un nombre; nosotros, como lectores, ya lo hemos adivinado en ese punto, pero necesitamos leerlo para poder soltar el aire y acudir ya a la explicación de los hechos.

Este es el único defecto reseñable que le he encontrado a una novela que, por lo demás, resulta bastante entretenida y logra captar nuestra atención desde sus primeras páginas. Es una historia desarrollada con inteligencia y suspicacia, dos cualidades sin las que no se podría escribir una obra de este género.

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Arturo Pérez-Reverte, La tabla de Flandes, Debolsillo, 2015.

NOTAS:

[1] Arturo Pérez-Reverte, La tabla de Flandes, Debolsillo, 2015, p. 107.

[2] Op.cit., p. 15. Me he limitado, en esta cita, a seleccionar sólo un pequeño fragmento de la maravillosa descripción que el autor hace de la escena.

 

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