La caída

La caída, de Albert Camus (1913-1960), es una de las obras más trascendentes de la historia de la Literatura Universal. Intrínsecamente unida al pensamiento filosófico del autor, nos sumerge en un viaje por la vida de su protagonista, Jean Baptiste Clamence, quien desarrolla todo un monólogo ante un desconocido. Este receptor de la historia no interviene en momento alguno, aunque Camus nos deja adivinar el aparente interés que tiene por oír la historia del narrador. No obstante, en la obra de Camus, los personajes –incluido el propio Jean Baptiste– no dejan de ser una mera excusa para que el autor pueda desplegar todo un compendio de ideas filosóficas, las cuales giran en torno, especialmente, a la idea de lo absurdo.

Tradicionalmente se ha venido poniendo en relación el pensamiento de Camus con corrientes filosóficas como el existencialismo alemán, representado por grandes filósofos como Nietzsche. Tras leer la obra, me muestro de acuerdo con esta relación, pues efectivamente, las cuestiones existenciales[1] conforman una base sólida para la obra. Sin embargo –y sin tener amplios conocimientos de filosofía– no considero que la novela en su conjunto pueda ser únicamente considerada bajo esta designación.

Camus se centra en el absurdo que impera en nuestra desesperada búsqueda del sentido de la vida, mostrando preocupación por encontrarle a nuestra existencia un significado objetivo y no empañado por el desconocimiento y la frustración. Para ello utiliza la confesión de Jean Baptiste, que se puede considerar como inevitable punto de partida de un pormenorizado análisis de la culpa y la inocencia, la ausencia o presencia de la moral y las siempre presentes contradicciones que tanto caracterizan al ser humano.

El punto de partida de la narración lo encontramos en ese hermoso a la par que inquietante momento en que Jean Baptiste recuerda a un suicida que se arroja al Sena, acontecimiento que sienta las bases de lo que se convertirá en el hundimiento personal de nuestro protagonista, que de ser un exitoso abogado pasa a convertirse ante nuestros ojos en una abominación moral. Tras el suicidio, Clamence da media vuelta y se marcha. La rememoración de este hecho le llevará a narrar una serie de situaciones en las que su papel resulta cuestionable a muchos niveles.

Nosotros, como lectores, podemos asistir a ese derrumbamiento que parece la consecuencia inevitable de los actos del protagonista. Lo que parece guiar estos actos, es su deseo, casi insaciable, de dominación sobre otros: un abogado, en la cúspide de su carrera, de modales y apariencia intachables, moldea a su gusto la percepción pública que de él tienen las personas que le rodean (tratándose, por supuesto, de una visión falsa de sí mismo). En este sentido, podemos considerar La caída como la auténtica confesión de un individuo que hace un viaje introspectivo a lo largo de su bagaje como ser humano.

A pesar de ser abogado, Clamence prefiere referirse a sí mismo bajo la denominación de “juez-penitente”, lo que a mi parecer puede entenderse como un abogado que se acusa a sí mismo, aunque sin mostrarse avergonzado de sus actos; su confesión es su penitencia. Es precisamente esta ausencia de vergüenza lo que parece situar al protagonista en una dimensión moral superior a la del resto de la humanidad, la cual se convierte en culpable de la degradación del individuo[2].

El narrador enfatiza ciertas ideas que giran en torno a su profesión, al papel que ha venido ejerciendo como abogado. En este sentido, resulta muy reveladora una línea en la que resume, ostensiblemente, la dificultad ética y personal que supone este trabajo:

“El castigo sin juicio resulta soportable”.

La trama se desarrolla en la Ámsterdam de la posguerra, por lo que tampoco faltan las referencias a la guerra, sus terribles consecuencias e injusticias. A pesar del fuerte trasfondo filosófico de la obra, Camus utiliza un lenguaje totalmente accesible y evita ponerse demasiado poético, salvando ciertos fragmentos en los que el protagonista, casi repentinamente, parece acordarse de sí mismo:

“En verdad todavía conservo alguna nostalgia”[3].

En mi opinión, Camus logra que el narrador se acerque y aleje de su propia persona mientras cuenta su vida, haciéndonos nadar en un mar de contradicciones que, no obstante, resultan de lo más razonables. En cierto sentido, podemos hablar de un análisis del ser humano en su conjunto a través del análisis del individuo, ese mismo que ve a una persona lanzándose al río, da media vuelta y sigue su camino. “Así somos nosotros” –parece decirnos Camus.

Con su confesión, Clamence aborda diversidad de temas, entre los que quizás valga más la pena destacar el sexo, algo que convierte en la sombra de un sentimiento descarnado de emoción gracias a una serie de técnicas de conquista que utiliza siempre en su beneficio:

“Lo esencial de ese fragmento se basaba en la afirmación dolorosa y resignada de que yo no era nada, que no valía la pena vincularse a mí, que mi vida no estaba aquí, que no conducía a la felicidad de todos los días, una felicidad que, quizás, hubiera preferido a cualquier cosa, pero para la que desgraciadamente era demasiado tarde[4]”.

El alcohol se pone en relación con el sexo en cuanto a que ambos elementos sirven, digamos, de canalizadores de lo absurdo: lo que viene a decirnos Jean Baptiste es que, mientras se bebe o se folla, los seres humanos parecemos rozar el sentido de nuestra existencia. A pesar de ello, él mismo termina reconociendo que estos breves instantes de inspiración se desvanecen tan pronto como lo hacen sus efectos. Se trata de una idea que se repite a lo largo del texto: el desenfreno anula la necesidad de responsabilidad, pero a su vez es totalmente destructivo[5].

Como no podía ser de otro modo, Dios es otro de los temas que mayor interés pueden suscitar en la obra, siendo probablemente uno de los más afines al existencialismo:

“No se necesita a Dios para crear culpables y castigar. Nuestros semejantes bastan, ayudados por nosotros mismos”[6].

De nuevo, nos encontramos con que el origen de la amoralidad radica en los seres humanos, pues es la humanidad en su conjunto la que culpa y castiga, respectivamente; en ese sentido, Dios parece estar de más; para mí, ésta ha sido una de las más hermosas reflexiones, no tanto en lo que se refiere a ilegitimar la necesidad de Dios, sino más bien en lo que respecta a la idea de que el ser humano pueda jugar a serlo.

Como veis, estamos ante una novela filosófica y de la que, indudablemente, podríamos extraer muchas más lecturas. Ya sabéis que yo prefiero limitarme a dar unas pinceladas y destacar aquello que me ha resultado más subrayable. La decisión de leer esta famosa obra, os pertenece por entero a vosotros.

9788420669793-la-caida
Alberr Camus, La caída, Alianza Editorial, 2012.

NOTAS:

[1] Especialmente todo lo que gira en torno a la responsabilidad del individuo.

[2] Da la impresión de que el protagonista logra ocultar su vergüenza al narrar sus actos deshonrosos teniendo siempre en mente que, como él, son muchos los individuos que cometen actos terribles; la diferencia radica en el hecho de que él confiese abiertamente.

[3] Albert Camus, La caída, Alianza Editorial, 2012, p. 28.

[4] Op.cit., p. 53. Estas líneas hablan sobre una de las técnicas de conquista que el protagonista ha utilizado para conseguir sus propósitos con algunas mujeres.

[5] Ésta es una de las más interesantes contradicciones sobre las que Camus reflexiona en su obra.

[6] Op.cit., p. 93.

 

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