Mañana en la batalla piensa en mí

Pocos escritores me generan la ansiedad que me provoca Javier Marías con sus obras en general y con esta en particular. El primer capítulo es desgarrador, vivimos casi en nuestra piel el acontecimiento de la muerte de otra persona, nuestra respiración se entrecorta por el sentimiento de empatía que, con una narración acelerada que no muestra piedad por el lector, el autor nos hace sentir con cada palabra. Tenemos casi una obligación moral de sentir lo que el protagonista está sintiendo, su evolución emocional se metamorfosea progresivamente y la nuestra con ella. En ciertos fragmentos me he sentido en la necesidad de para de leer por coincidir con uno de mis trayectos en metro y sentir mis latidos acelerados, ese indicio de ansiedad que quizás algunos hayáis experimentado alguna vez y sabido controlar –o no–.

El escritor ni siquiera nos presenta la muerte de un ser querido o cercano, sino la de la amante del protagonista, a la que apenas acaba de conocer. Marta –ese es su nombre– es una mujer casada con un hijo de dos años, Eugenio. Mientras su marido está en Londres por motivos de trabajo, ella aprovecha para encontrarse con nuestro protagonista en su casa. La situación que nos plantea Marías es perturbadora, el niño no quiere irse a dormir, vigila al intruso que su madre ha metido en casa y que él no conoce ni tolera, mientras Marta y su amante intentan convencerle de que se vaya a la cama. Sin embargo, el adulterio no tiene lugar; Marta empieza a encontrarse mal, casi sentimos su malestar, suele resultarnos más fácil sentir el dolor de otro que su alegría, el dolor lo llegamos a hacer nuestro, la alegría la envidiamos.

Qué hacer cuando la vida de un casi desconocido se apaga entre nuestros brazos, ese momento no debería pasar a formar nunca parte de nuestra memoria (“Yo no lo busqué, yo no lo quise[1]”), cuando somos testigos únicos de esa muerte con la que sin embargo nada hemos tenido que ver. Cómo actuar, qué hacer, qué emociones guiarán nuestros pasos a partir de ese momento. Estas son las cuestiones que nos plantea Marías. No sólo las plantea sino que las resuelve, ofreciéndonos una de las infinitas posibilidades que podrían darse, llevándonos a preguntarnos de nuevo, de forma obligada, si sería esa nuestra resolución o acaso actuaríamos con más o menos cobardía, con más o menos intrusión en la vida de los que hasta ahora habían sido anónimos para nosotros, aunque pensemos: “tendría que dejar de ser nadie[2]”.

“Pese yo mañana sobre tu alma, sea yo plomo en el interior de tu pecho y acaben tus días en sangrienta batalla. Mañana en la batalla piensa en mí, desespera y muere[3]”. Conocidas líneas de William Shakespeare sin cuya obra no se podría entender del todo la de Marías y las cuales se presentan ante nosotros en una danza intermitente a lo largo de la historia. Reflexiones humanas que ahondan en lo más profundo de nuestra conciencia en un intento de retarnos literariamente a que afrontemos momentos que no estamos preparados para vivir, qué será del niño si le dejo dormido con su madre muerta en la habitación de al lado, qué será del niño hasta que alguien encuentre el cadáver de la que ya no podrá ser su madre más que en su precaria memoria. Marías insiste: “Queda el olor de los muertos cuando nada más queda de ellos[4]”.  Como veis, hay ideas terribles, no por serlo en sus palabras sino por el grado de compresión que de ellas tenemos.

El autor nos presenta también las tres edades del ser humano, la niñez con su inocencia en la figura del niño Eugenio, la madurez y sus mentiras y secretos con los cuatro adultos principales, Marta –la fallecida–, su hermana Luisa, su viudo Eduardo y el protagonista, y la vejez con Juan, el padre de la muerta:

“Vi que el padre de Marta aún no arrancaba: tenía un pie en alto, encima de otra tumba cercana, había reparado en el cordón suelto de su zapato y lo señalaba con el dedo índice como acusándolo y sin decir nada; aquel hombre excelente era demasiado bamboleante y pesado para agacharse o para inclinarse, y su hija Luisa, con la rodilla en tierra (ya no lloraba, tenía algo de que ocuparse), se lo estaba anudando como si él fuera un niño y ella su madre”[5].

Como ocurre en toda obra de Marías, la mayor parte de la trama discurre en la mente del protagonista, son sus emociones las que dan forma a aquello que leemos y por consiguiente vivimos. Éste se las arreglará para trabajar con el padre de la fallecida y conocer así a la hermana y al que fue el marido, ahora el viudo. Los acontecimientos se irán sucediendo hasta el encuentro final de los dos hombres, el viudo y el que fue el amante, ambos se necesitan el uno al otro para expulsar lo que llevan dentro, pues Eduardo también tiene algo que contar, no a cualquiera, sino a Víctor, el protagonista cuyo nombre no adquirirá consistencia hasta muy avanzada la historia. Ambos hombres terminan por convertirse en un recipiente de lo inconfesable para el otro, dos canales de transmisión de la pena y la frustración que se alimentan de forma recíproca.

“Lo más intolerable es que se convierta en pasado quien uno recuerda como futuro[6]”. Estas desgarradoras palabras son puestas en boca de un padre que ha perdido a su hija, y qué bien podemos entenderlas para nuestra desgracia y aunque no sea en el mismo estadio. La muerte se convierte en el aura de la historia, está presente en todo momento, es el inicio y es el fin. Sin embargo, nos dice Marías que “no hay curiosidad en el cansancio[7]”, podemos ver la muerte a nuestro lado y hacer caso omiso si nos pueden las horas y sólo queremos cerrar los ojos y desentendernos, verbo por cierto muy apropiado para adjetivar al ser humano en no pocas ocasiones.

Javier Marías siempre ofrece una reflexión incansable que gira en torno a situaciones comunes, situaciones que podríamos estar viviendo en nuestra propia piel o que quizás vivimos gracias a él o por su culpa, depende como siempre de la perspectiva. Hasta ahora sólo he leído cuatro de sus obras (el tiempo escasea y son muchos los libros y autores en mi lista de “imprescindibles”): Berta Isla[8], Los enamoramientos[9], Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí.

Ninguna me ha decepcionado, pero esta me ha consumido muchas horas de sueño.

Pese yo mañana sobre tu alma, sea yo plomo en el interior de tu pecho y acaben tus días en sangrienta batalla. Mañana en la batalla piensa en mí, desespera y muere.

Marías, Mañana en la batalla piensa en mí
Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí, Debolsillo, 2014.

 

NOTAS:

[1] Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí, Debolsillo, 2014, p. 17.

[2] Op.cit., p. 105.

[3] Op.cit., p. 183.

[4] Op.cit., p. 73.

[5] Op.cit., p. 103.

[6] Op.cit., p. 339.

[7] Op.cit., p. 339.

[8] Gracias por la recomendación e insistencia, Edu.

[9] También reseñé esta obra, podéis leer la reseña un poco más abajo.

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