Madrid 2020

Nadie piensa nunca que vaya a vivir para ver su ciudad vacía, no en altas horas, cuando todavía en la oscuridad puede aparecer de pronto un trasnochador anónimo preguntando la hora mientras el receptor se pregunta a su vez si ese individuo estará ebrio o drogado o ambas cosas, sino a plena luz del día, cuando los vecinos se encuentran por la calle y se detienen a charlar sin plantearse cuándo tendrá lugar su próximo encuentro face to face, esto es, cara a cara circulando entre ambos los alientos recíprocos que sin embargo no nos perturban, los aceptamos casi como un acto de confianza y familiaridad a veces forzadas.

En otros lugares ocurren cosas terribles que vemos desde pantallas planas con una empatía hipócrita y una sensación inconfesable de alivio al pensar que eso no nos ocurre a nosotros. Entonces deslizamos la yema del dedo para dar paso a una noticia que no apele tanto a nuestra conciencia y así sacudir la anterior de nuestra mente como haríamos con el polvo sobre nuestra chaqueta recién estrenada casi virgen. Hay indicios, pero los obviamos como lo haríamos con un mal recuerdo, algo nos avergüenza y lo apartamos, lo almacenamos en un lugar que sólo revisitamos en horas bajas movidos por una valentía fingida por nuestra memoria tan frágil. Esos indicios nos plantean un problema, pasan del susurro al grito en tan breve espacio de tiempo que nos impiden entender las causas, que son nuestra arrogancia y nuestro oprobio. Qué fácil nos resulta en cambio depositar en otros el origen de nuestra vergüenza, los seres humanos estamos diseñados para exculparnos, nuestra capacidad de autocrítica es somera, casi inservible.

El ruido ha concedido una tregua a la ciudad y nos perturba el jadeo de cualquier motor, que pasa a convertirse en el intruso de nuestra rutina tantas veces soñada y ahora repudiada del reino de nuestros deseos por no ser como creímos que sería, acaso una fiesta constante o un lugar donde leer o un tiempo en el que pensar, pero todo lo que se prolonga demasiado termina por intimidarnos, espanta nuestra alegría. Madrid se ahoga en el silencio de esos pasos que no damos y ya casi entrada la noche los aplausos empiezan a pesar en nuestras manos como plomo, qué inútil empeño, pensamos pero no decimos y seguimos mirando desde la distancia esos rostros que desde hace ya años pertenecen a la ventana de enfrente pero nunca antes reconocimos ni nos interesó reconocer. Seguimos porque la esperanza no nace, se siembra.

Vivimos en la creencia de ser espejismos para la tragedia, la esquivaremos sin preliminares ni calentamiento previo, no hace falta prepararse para lo que nunca llega, pensamos. Dejamos la llave puesta o entreabierta la puerta, de nuevo la confianza nos traiciona o quizás se trate más de esa atracción innombrable que sentimos hacia lo que nos es desconocido intencionadamente, tentamos a la suerte con soltura, la tentación es algo que la vida nos da a veces y que no desperdiciamos, no está en nuestras manos rechazarla. El arrepentimiento viene después, siempre llega tarde.

Sólo entonces se acerca la hora del entendimiento, lo imaginado se usurpa y la realidad se hace carne en nuestros lamentos. El futuro es incierto y a la vez ansiado, preferimos hacer predicciones en nuestra esperanza que vivir en la desesperanza de nuestras calles vacías en las que algún gato ocasional nos mira con gesto acusatorio, o eso nos parece, cuánto tiempo tardaremos en entender que lo que nos aflige se origina en nosotros mismos, que en nosotros está ese futuro imaginado e incierto que hace crecer nuestras alas y nos empuja a vivir…

 

Gran-Via-Antonio-Lopez
Antonio López, Gran Vía de Madrid, 1974-1981.

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